El camino hasta tu casa se me hacia infinito, me resultaba casi extraño no perderme, de noche, todo oscuro, los pibes del barrio, y yo ahí buscando tu casa, buscándote por algún lado. Finalmente llegaba, nos reíamos un rato, luego hablábamos otro rato, nos compenetrábamos con conversaciones que hablaban de nosotros implícitamente. Estábamos de acuerdo, en otros momentos no; me mirabas pensativo y yo te miraba confundida, por momentos ya ni sabía lo que pensaba, solo estaba ahí. En un ph cerca de la facultad, de noche, cansada pero con ganas de quererte, solo sabia eso, vos no sé qué sabías, pero me gustaba ser ignorante de tu ignorancia, o ser ignorante de tu sabiduría elevada. Salimos de tu casa, me prendí un pucho y caminamos hasta el kiosco, justo empezó a llover un poco pero no nos importó, a vos te gustaba la lluvia y a mí me gustaba que a vos te guste asique fue algo divertido para los dos, casi como una aventura hasta ese país que no existe, y que capaz nunca nos animemos a vivirlo.
Seguimos caminando, íbamos a Jujuy y pavón, yo quería más puchos, vos me odiabas por eso. En algún momento, nos topamos con algo realmente extraño, no supimos que hacer, solo abrazarnos y negarlo. Era un niño…estaba descalzo, comiendo chicle, mascando sin parar, tenía poco cabello y remolinos que parecían como agujeros, no nos pidió nada simplemente se paró en frente nuestro y nos miró. Por un rato, nos miro fijamente, luego se canso y empezó a jugar con sus propias manos. Tenía las manos lastimadas y los pies también, desbordaban de pus, su flacura era de un transparente poco familiar. Seguimos caminando, ya volviendo a tu casa, y nos encontramos con un niño exactamente igual al otro, solo que éste no tenía remolinos en la cabeza, tenía pecas y la cara era simpática, estaba relleno y bien vestido, nos dijo que estaba perdido. Nosotros ya no sabíamos en donde estábamos, fue una noche de niños, nos dimos vuelta para encontrarnos y estábamos completamente perdidos. De repente aparecieron mas y mas niños, algunos muy flacos , otros más gordos, empezaron a jugar en la calle, se compartían los juguetes, se miraban entre si, era toda una fiesta de niños en once a las 2 de la mañana.
Nos levantamos, escuchábamos gritos desde lejos, pensábamos que eran los niños, pero eran simplemente madres. Madres rabiosas, que se mordían los labios y presionaban los ojos, para que no se escapara ninguna lagrima, para no perder de vista ningún movimiento, ninguna mirada, ningún niño.
Noviembre 2012
No hay comentarios:
Publicar un comentario