Brasil
Por las calles, algunas
de tierra seca y otras de adoquín, el calor pegaba
fuerte, la gente pasaba de un lado hacia al otro, sin mirar demasiado
alrededor. Algunos buscaban que comprar, otros la parada del bus y otros
estaban ahí, con sus cuerpos derretidos
al sol, cargando carretas con adoquín, se podía ver en sus ojos fruncidos y ya
morados esperar que algo sucediera, sus esperanzas parecían ser vida, los
alimentaba, los purificaba. Los rostros fruncidos, los cuerpos pesados,
hinchados, sudados, transitando la alegría y la belleza, de las playas, de la selva
que estaba cerca. Se podían ver hasta los insectos reír, las arañas escondidas
entre las rocas de las cascadas, las lagartijas, pequeñas, grandes, adultas,
bebes, niñas que iban y venían sin cesar. La sonrisa era algo predominante de
ese paisaje tan bonito del pueblo de Paratí hacia unas horas de una ciudad de
gran magnitud, llena de alegría y de pobreza, como Sao Pablo.
Detrás de tantas
sonrisas podía pesquisar a lo lejos un aire de asfixia, de agobio, de miedo pero de esperanza. La muchacha se pasaba
horas esperando el bus, yo la veía desde lo lejos, tan solo esperando, su cara
fruncida abajo del rayo penetrante del sol, su cuerpo transpirado de tanto
calor. Pasaban horas y la muchacha
continuaba parada esperando, por momentos se sentaba sobre el asfalto, por
otros parecía enojada, pero la risa no la abandonaba, su esperanza a tomarse el
colectivo todavía continuaba. Realmente
la admiraba, su tolerancia a la espera, a la calma a continuar con esperanzas
de que todo llegara a su fin, su silencio. Una vez que llegaba el
colectivo, se subía y pagaba el
boleto, realmente sorprendente para mi,
después de haber estado tantas horas siendo esclava de la espera, del calor,
del cansancio de larga y atareada jornada laboral. También su sonrisa
continuaba y no solo eso, si no que también jugaba con la misma, y hasta
bailaba, su sonrisa era baile, era vida, era esperanza en potencia.
Diciembre 2012
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