domingo, 13 de enero de 2013



Brasil

Por las calles, algunas de tierra seca y otras de adoquín, el calor pegaba fuerte, la gente pasaba de un lado hacia al otro, sin mirar demasiado alrededor. Algunos buscaban que comprar, otros la parada del bus y otros estaban ahí,  con sus cuerpos derretidos al sol, cargando carretas con adoquín, se podía ver en sus ojos fruncidos y ya morados esperar que algo sucediera, sus esperanzas parecían ser vida, los alimentaba, los purificaba. Los rostros fruncidos, los cuerpos pesados, hinchados, sudados, transitando la alegría y la belleza, de las playas, de la selva que estaba cerca. Se podían ver hasta los insectos reír, las arañas escondidas entre las rocas de las cascadas, las lagartijas, pequeñas, grandes, adultas, bebes, niñas que iban y venían sin cesar. La sonrisa era algo predominante de ese paisaje tan bonito del pueblo de Paratí hacia unas horas de una ciudad de gran magnitud, llena de alegría y de pobreza, como Sao Pablo.
Detrás de tantas sonrisas podía pesquisar a lo lejos un aire de asfixia, de agobio, de  miedo pero de esperanza. La muchacha se pasaba horas esperando el bus, yo la veía desde lo lejos, tan solo esperando, su cara fruncida abajo del rayo penetrante del sol, su cuerpo transpirado de tanto calor.  Pasaban horas y la muchacha continuaba parada esperando, por momentos se sentaba sobre el asfalto, por otros parecía enojada, pero la risa no la abandonaba, su esperanza a tomarse el colectivo todavía continuaba.  Realmente la admiraba, su tolerancia a la espera, a la calma a continuar con esperanzas de que todo llegara a su fin, su silencio. Una vez que llegaba el colectivo,  se subía y pagaba el boleto,  realmente sorprendente para mi, después de haber estado tantas horas siendo esclava de la espera, del calor, del cansancio de larga y atareada jornada laboral. También su sonrisa continuaba y no solo eso, si no que también jugaba con la misma, y hasta bailaba, su sonrisa era baile, era vida, era esperanza en potencia.

Diciembre 2012

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