lunes, 4 de febrero de 2013


Vicuña Maquena

Las calles de tierra, y algunas de cemento de aquel pueblo, en donde las bicicletas y las motos, iban y venían, la rotisería de la esquina, el cyber a media cuadra, la heladería de  helado artesanal a la vuelta. Las jóvenes que iban y venían, si alguien distinto se asomaba por estos pagos, recibía una mirada fija como de vaca asustada  o tal vez en algunos otros casos con una sonrisa de bienvenida.
Todo transcurrió una tarde de enero, el calor era duro, las moscas estaban más molestas que de costumbre y las avispas no paraban de hacer viajes cercanos al cuerpo de uno, a veces uno chillaba, otras gritaba, pero finalmente caía en la cuenta de que  no estaba en la ciudad y que solo era cuestión de soportar un poco.  Esa misma tarde de enero, el pueblo explotaba de felicidad, para nuestra sorpresa, la felicidad y el movimiento de ese pequeño pueblo daban ganas de sonreír.
En una calle de tierra, el cuarteto sonaba, tres voces cantaban y los vecinos se asomaban. El grupo sonaba, por todo el pueblo lo hacía, la felicidad en sus caras, después de larga jornada laboral era inigualable, simplemente estaban ensayando. Hace 11 años que subsistían como banda, eran la única en este pueblo, inclusive algunos de los músicos, venían desde lejos para ensayar. La música no parecía tener vida  aquí, pero estos jóvenes, cada tarde desde el garaje de alguno, producían con su música alegría. Así los jóvenes, los niños y hasta inclusive los ancianos, se acercaban al principio algo tímidos y luego no había casi manera de concluir con tal fiesta.
Entonces, Si! La música despertaba a los vecinos, muchos niños se acercaban, algunos bailaban, otros gritaban, y algunos otros, un poco escondidos  también  lloraban. Además estaban los familiares, y los vecinos desde lo lejos gritaban que les dedicaran una canción, parecía completamente una fiesta con mate, galletitas y coca cola. Las horas pasaban, ya se hacía de noche y la fiesta continuaba.
Me tope con una muchacha, era una mujer joven por cierto,  muy bonita, sus ojos eran algo verdes y sus mejillas algo rosas. La mirada de esta muchacha, era tan dulce que podía envolver con su dulzura todo lo que la rodeaba. Ella tenía dos hijos, decía no hacer nada, pero por lo que yo veía tenía un marido que la acompañaba, dos hijos adorables y dulces como ella y una casa muy bien cuidada por ella misma.  Se quejaba de no haber terminado el secundario, de no haber salido en la adolescencia lo suficiente porque estaba de novia, y de no trabajar.  Esta joven, tan solo era un poco más grande que yo, y ya había formado una familia, pronto se casaría y tal vez tendrían otro hijo. Le gustaría descansar, según me dijo en secreto pero sería útil, otro niño más para que trabajase en el campo, así le dijo su futuro, ya casi marido después de años de compañía mutua.
Las estrellas eran cada vez más dueñas del cielo, y ya se hacía tarde, el cuarteto proseguía, los vecinos  aplaudían y la muchacha dulce, ya cansada de trabajar sin parar, durante todo el día,  apoyada sobre la camioneta de su marido, uno de los cantantes de la banda, entregaba con gran esfuerzo y dulzura sus últimas sonrisas del día, deseando irse a dormir para continuar al otro día.