lunes, 21 de enero de 2013



LA MOROCHA

La morocha es una señorita que vive por once con su mama, tiene los ojos morrones y en algún momento, alguien de por ahí, le dijo que eran ojos de setter; a la morocha no le gustaba nada pero para algunos era así. La morocha era tan especial, sus pecas casi transparentes la hacían cinco años más joven y su sonrisa era tan simpática como sus chistes y su frescura.
La morocha, me comentaba sobre sus proyectos de vida y casi inevitablemente no pudo desviarse de sus problemáticas cotidianas. Ella me decía que si no trabajaba, lo único que hacía era mirar televisión o estar en la computadora. Muy decepcionada, y algo triste me contaba que su casa estaba repleta de libros pero nada la motivaba. En su infancia, la morocha leía o le leían, a ella le encantaba saber y conversar sobre lo que escuchaba por ahí. Tenía una memoria extraordinaria y una sensibilidad increíble, captaba todo lo que se dijera o se dejase de decir. También leía, mucho leía, pero ahora se encontraba atrapada, entre la televisión y la computadora. La madre indignada ante esta situación, pero a ella no le importaba.
A la morocha le encantaba pasearse de un lado hacia otro, por las calles de once o más bien como tal vez ella lo calificaría: por los pasillos del barrio. Pero eso sí, odiaba con toda su alma, la cantidad de gente desbordante que había vendiendo todo tipo de cosas, todo sucio, niños comiendo en la vereda, bebes con mantas en las calles, todo un desastre. Le producía un inmenso  dolor toda esa gente, esa misma gente que viene de otros países como Perú, Bolivia, Paraguay y también, alguno que otro de África. La veía a la morocha explotar de rabia, indignada por la situación de esas personas, exclamaba con furia: Vienen acá con esperanzas de tener una calidad de vida mejor que en su país…y al final ¿Qué pasa? Se encuentran con uno que los agarra y los usa para hacerse su propia quintita, mínimamente les dan para las necesidades básicas y listo, se lavan las manos como buen desgraciado. Proseguía: Lo peor es que yo quiero salir a vender mis cosas ¿y sabes qué? ¡¡Me sacan de los pelos, pero sí que todo es una mafia absoluta, mafia querida!!. Nadie hace nada, absolutamente nada: los de las  comunas se lavan las manos, los policías también, todo el mundo lo hace y los vecinos cada vez estamos más indignados, ¡¡nadie puede vivir así!!.Es un infierno salir por este barrio!!!  .
La morocha aunque no lo deseara se perdió entre los pasillos de once y nunca más la volví a ver. La gente comentaba sobre ella, algunos decían que se había peleado con alguien del barrio unos días antes, otros con aire burlón que se había quedado atrapada entre la televisión y la computadora.


Enero 2013



Las apariencias, lo material.

El gordito del bondi 59, vestido todo de rojo, con casi 10 años de edad, no paraba de chuparse vigorosamente el dedo gordo con su sonrisa beatífica al son del compas. Iba observando por la ventana con la mirada perdida y su panza de lo más relajada, la panza menos inhibida que jamás he visto, tal vez porque tan solo tenía quizás unos 10 años.  Ya era tarde y entre las frenadas y el cansancio de todo el día, la gente subía con sus piernas  pesadas a punto de estallar.  Algunos iban con amigos del trabajo, charlando de los problemas que habían transcurrido a lo largo del día, quien había hecho tal o cual cosa mal. Sus cabezas iban rotadas hablando sin parar, de tal modo que seguramente iban a llegar a sus casas y decir: ¡este maldito trabajo hasta me destruye el cuello!; si supieran que tan solo eso es una parte pequeña de su gran desdicha jamás volverían hablar.
Sentada al fondo, mascando chicle sin parar, observaba  al niño gordito y a tres muchachas que parecían cotorras enojadas. Miraba hacia un lado y hacia al otro pero de todas formas no encontraba algo más interesante aún como lo que allí sucedía.  Me mantuve entretenida casi todo el viaje, hasta que pensé en aquellos dólares que llegarían.  Los anteojos me molestaban y con esos dólares seguramente me podría comprar no solo anteojos, sino además lentes de contacto y también un blackberry y seguramente me alcanzaría además para esas botas que sueño hace meses de Sofía de Grecia.  Algo de maquillaje y algún perfume  caro también, podría salir a lugares con clase y conocer gente más interesante de lo normal, tantas cosas podría pero esos dólares no eran míos solo llegaría a mis manos, me dirían adiós y quizá hasta luego, si me tienen un poco de compasión.  De todas formas,  estoy deseosa de recibirlos tan solo tocarlos y que acaricien mis manos por unos segundos, siéndome suficiente para terminar con esta asquerosa vida que cada segundo que pasa me dice: no importa lo que trabajes siempre vas a querer más.  Al menos por un momento lo creería y la desdicha se terminaría, ese sería mi primer respiro, mi primer paso en esta ya hermosa vida.  Mientras tanto, esperaba ansiosa y desgraciadamente la orden del jefe del estudio de ir por el dinero y luego llevarlos a su preciosa y odiada ex mujer.
Me dolía terriblemente el cuello pero por suerte recibiría un sobre con plata a la mañana siguiente,  para darme aquellos gustos masajes un poco caros que suelen mantenerme viva.  Placeres así como ir a la peluquería, hacerme un baño de crema, las manos, los pies, masajes y luego algunos ejercicios de yoga con mi amado profesor del exterior, el cual tiene un acento francés extremadamente excitante que hace sonrojar inclusive hasta mis pies.  Todo eso gracias a mi ex marido, lo peor que podría haber hecho en la vida es no casarme con él y  por suerte, lo mejor que hice fue casarme; siempre me atormenta la pregunta porque me uní a él pero mucho más me asusta la respuesta. Esos billetes, tan solo unos pocos de ellos son algo tan genial, tan viril en un hombre, tan sensual hacen a una mujer, todavía sigo sin entender, pero ya no importa eso,  ni  a tal hombre le importa. Supongo que le agrada mi manera tan prostituta de conseguirlo,  lo seduje o quién sabe, tal vez le agrada vivir pensando que siempre lo quise por su dinero, hasta cuando le decía muy sinceramente para mí, te amo.
Mis compañeras en el trabajo me comentaron que la ex mujer del jefe no hacia absolutamente nada, solo se había casado con él por su gran suma de dinero. Todas las semanas ésta se da grandes lujos y según tengo entendido, ni siquiera trabaja y cuando lo hace se pelea con los demás o genera discusiones innecesarias.  Esa mujer está destinada a ser  doncella  y hacer todo lo que yo haría si recibiera esa plata cada semana así porque si. Evidentemente  el buen dios decidió a último momento que su destino se uniera con el de los ricos viviendo eternamente sin precio alguno, de los vueltos de mi estúpido e idiota jefe.  Salí del  estudio para descansar un rato, no me di cuenta y me pase como tres horas en la calle mirando vidrieras de zapatos y de ropa. Ahora miro a las mujeres que se pasean por la vereda con su bella silueta y su encantadora vestimenta tan apropiada en contraste a la que visto, las cuales se repiten hace casi ya seis meses.
El portero me dejo el sobre por debajo de la puerta, lo tomé y ansiosa lo abrí, no había absolutamente nada, solamente aparecían facturas de marcas de ropa, perfume y zapatería. Nada peor me podría estar ocurriendo, mi vida, mis sueños, mis placeres estaban muertos; otra perra se casó con él y ahora me mandan esta carta sin remitente,  el maldito se dio cuenta de mi plan macabro y felizmente se vengó.

domingo, 13 de enero de 2013


Psicosis

Recostada en la cama, dando vueltas sin parar, enroscándome entre las sabanas sin descansar, pensando en aquello y lo otro que sucedió ayer o hace un mes, pensando sin parar. El calor que poco a poco me envuelve entre las sabanas y la desesperación del escuchar zumbar al maldito mosquito queriendo reposar sobre mi pequeña oreja a punto de dormitar. Por un momento, mi cabeza se detiene, mis ojos se relajan y ya casi que soy esclava del sueño pero no! Aparecen de nuevo los mosquitos, el pensar, el calor y la incomodidad. De repente siento la garganta seca, me levanto de la cama con los ojos casi abiertos, bajo las escaleras y tomo un vaso de agua en la cocina; nuevamente voy al baño. De nuevo en la cama, de nuevo intentando dormir, apretando las sabanas imploro tu voz, tu nombre, tu cuerpo y tu amor. No entiendo porque te fuiste, me dijiste que ibas al baño, no tardabas supuestamente, y ya para mí paso una eternidad en la cual yo sigo recostada sobre la cama drogada de amor, casi que no puedo pensar, lo único que existe  sos vos.  Sigo esperándote,  cada vez me encuentro más nerviosa… no volves, no sé si te hice algo, no sé qué te paso, porque no me queres, no me amas. No puedo esperar, me desespero antes de que vos puedas animarte a volver.  Me levanto de la cama, me saco todas las frazadas, enciendo la luz bajo las escaleras, me cambio esperando encontrarte; te llamo y no te encuentro, te busco y no te veo.
Ya estoy preocupada, estoy planeando una búsqueda, una búsqueda que tenga en consideración cada parte de la ciudad, en cada punto que pueda te voy a buscar y sé que finalmente te voy a encontrar. En cada calle, avenida, subsuelo, por el subte, en el bondi; voy a mirar a observar todo el tiempo, voy a estar pensando en vos, en todo lo que  éramos. Cada rostro que mire, que observe lo voy a confundir con tu rostro, tu rostro era tan bello que podía ser todos al mismo tiempo. Es difícil lo sé pero hasta que los pies no sangren y los ojos lloren, mi voz  agonice y mi cuerpo este casi listo para caminar lentamente hacia ese camino donde nadie quiere ir, no voy a parar; doy todo por vos, por mi.
Me canse, no quiero buscarte mas, no sirvo para esto, mis pies apenas lloraron un poco y mi voz insistente reclamaba para que la  dejara agonizando pero con dos atados de puchos y un poco de alcohol no fue suficiente. Mis pies bailarines todavía no se cansaban de danzar, iban hacia un lado y al otro, como una pareja ideal esas que se aman mutuamente yendo de un lado al otro sin perderse en el camino de lo real. 

Julio 2011

¿Qué es lo que me falta? La falta.

Vi aquella señorita de sonrisa perfecta Colgate y me pregunte si eso me faltaba. Luego pasó un señor muy cerca mío y le pregunte: señor, a usted le falta algo?, el señor contesto:  y…no lo sé realmente…hoy conmigo llevo  200 pesos, cuatro carpetas de estudio, cigarrillos, dos o tres lapiceras y creo que nada más. Le contesto que me alegro por su dicha, me mira con cara extraña y sigue caminando velozmente como caballo de carrera, bien domado, nada salvaje.
Ya estaba llegando tarde al médico, tenía que hacerme un par de estudios, dejar que me traten como un cacho de carne: sentarme en una camilla desnuda así como así, dejar que me toque alguien así como así y bueno después irme. En esos momentos que el médico me revisaba me sentía un muerto, no le importaba mi nombre, solo me llamaba por cortesía, en cuarenta minutos de estar en consulta creo que me habrá mirada la cara unas dos veces tal vez. Realmente no lo sé, dicen que uno no puede saber sobre la muerte, que es algo totalmente enigmático, pero realmente el médico te trata como si estuviera trabajando con algo, no con alguien. Después salís de la consulta y tenes que arreglar otro encuentro con la secretaria  porque todavía te faltan hacerte mil ochecientos análisis más. La pobre, con ojeras hasta el piso y una risita forzada  ya está aburrida de repetir lo mismo: ¿Particular o matriculado? ¿Qué obra social? ¿Qué plan? ¿Qué estudios? ¿Tenes receta? ¿Cuándo podes? Bueno…dentro de tres meses tenés turno con el doctor. Por otro lado, la pequeña actriz un poco ya desfigurada debe tolerar la cara de la gente, dando a entender: haría cualquiera cosa antes de estar acá o la de los fanáticos: me encanta venir al médico, es lo más divertido que tengo para hacer en la semana!
Ya regresando a casa me encuentro con un compañero de clase y me pregunta si tengo algo, no llego a escucharlo bien, le digo que me repita  y sigo sin entender. Cierro los ojos para tratar de entenderlo, veo todo negro, sigo sin escuchar nada, los abro y veo su rostro un poco desfigurado y su boca que no paraba de moverse. Estábamos cruzando Las Heras, nuevamente cierro los ojos pero  ya no podía abrirlos, me caí al piso, no pude escuchar que era lo que me faltaba.

La calle

Todo sigue en movimiento, desde adentro de casa, escucho un silbato que debe ser de un policía, escucho los gritos de los niños jugando en la calle. Una familia entera, en la calle con sus muebles y cosas desparramadas por la calle en pleno microcentro. La gente pasa, y los observa, la señora grande, la abuela, los mira de costado y esconde su mirada, y si puede su rostro, en lo más profundo de su cartera negra, parece tener vergüenza.
Dicen que los desalojaron, dicen que eran ocupas, dicen que vendían droga, dicen muchas cosas. Los minutos pasan y ya no se escuchan gritos de niños jugando, si no gritos de llanto, la situación parece haber llegado a su límite. Me da miedo asomarme de nuevo a la ventana y encontrarme de nuevo con una escena de desalojados, de muebles que no están ahí para venderse, si no para ser transportados a algún otro lugar, sea una casa otra, o la calle.
La calle, tan silenciosa de noche, tan oscura, tan peligrosa, gente que duerme, que tiene sus hijos, que se pelea, que llora, que vive en la calle, con muebles, con un solo un colchón, tal vez una televisión. Historias de calle, tragedias de calle, alegrías de calle, la calle sucia.
Las noches en la calle, durmiendo con una manta o sin nada, caminando de un lado hacia el otro, esperando algo, varios cigarrillos de compañía, muchas tantas otras veces otras cosas de compañía. Cosas que relajan pero destruyen, cosas que quitan el dolor del hambre pero matan, cosas que dan calor aunque haga frío, cosas que permiten soportar la calle.
La calle, tan poblada, tan silenciosa, tan maldita, tan sucia, tan peligrosa, terriblemente solitaria, la calle.

Diciembre 2012



Brasil

Por las calles, algunas de tierra seca y otras de adoquín, el calor pegaba fuerte, la gente pasaba de un lado hacia al otro, sin mirar demasiado alrededor. Algunos buscaban que comprar, otros la parada del bus y otros estaban ahí,  con sus cuerpos derretidos al sol, cargando carretas con adoquín, se podía ver en sus ojos fruncidos y ya morados esperar que algo sucediera, sus esperanzas parecían ser vida, los alimentaba, los purificaba. Los rostros fruncidos, los cuerpos pesados, hinchados, sudados, transitando la alegría y la belleza, de las playas, de la selva que estaba cerca. Se podían ver hasta los insectos reír, las arañas escondidas entre las rocas de las cascadas, las lagartijas, pequeñas, grandes, adultas, bebes, niñas que iban y venían sin cesar. La sonrisa era algo predominante de ese paisaje tan bonito del pueblo de Paratí hacia unas horas de una ciudad de gran magnitud, llena de alegría y de pobreza, como Sao Pablo.
Detrás de tantas sonrisas podía pesquisar a lo lejos un aire de asfixia, de agobio, de  miedo pero de esperanza. La muchacha se pasaba horas esperando el bus, yo la veía desde lo lejos, tan solo esperando, su cara fruncida abajo del rayo penetrante del sol, su cuerpo transpirado de tanto calor.  Pasaban horas y la muchacha continuaba parada esperando, por momentos se sentaba sobre el asfalto, por otros parecía enojada, pero la risa no la abandonaba, su esperanza a tomarse el colectivo todavía continuaba.  Realmente la admiraba, su tolerancia a la espera, a la calma a continuar con esperanzas de que todo llegara a su fin, su silencio. Una vez que llegaba el colectivo,  se subía y pagaba el boleto,  realmente sorprendente para mi, después de haber estado tantas horas siendo esclava de la espera, del calor, del cansancio de larga y atareada jornada laboral. También su sonrisa continuaba y no solo eso, si no que también jugaba con la misma, y hasta bailaba, su sonrisa era baile, era vida, era esperanza en potencia.

Diciembre 2012
Niños que van y vienen



El camino hasta tu casa se me hacia infinito, me resultaba casi extraño no perderme, de noche, todo oscuro, los pibes del barrio, y yo ahí buscando tu casa, buscándote por algún lado. Finalmente llegaba, nos reíamos un rato, luego hablábamos otro rato, nos compenetrábamos con conversaciones que hablaban de nosotros implícitamente. Estábamos de acuerdo, en otros momentos no; me mirabas pensativo y yo te miraba confundida, por momentos ya ni sabía lo que pensaba, solo estaba ahí. En un ph cerca de la facultad, de noche, cansada pero con ganas de quererte, solo sabia eso, vos no sé qué sabías, pero me gustaba ser ignorante de tu ignorancia, o ser ignorante de tu sabiduría elevada. Salimos de tu casa, me prendí un pucho y caminamos hasta el kiosco, justo empezó a llover un poco pero no nos importó, a vos te gustaba la lluvia y a mí me gustaba que a vos te guste asique fue algo divertido para los dos, casi como una aventura hasta ese país que no existe, y que capaz nunca nos animemos a vivirlo. Seguimos caminando, íbamos a Jujuy y pavón, yo quería más puchos, vos me odiabas por eso. En algún momento, nos topamos con algo realmente extraño, no supimos que hacer, solo abrazarnos y negarlo. Era un niño…estaba descalzo, comiendo chicle, mascando sin parar, tenía poco cabello y remolinos que parecían como agujeros, no nos pidió nada simplemente se paró en frente nuestro y nos miró. Por un rato, nos miro fijamente, luego se canso y empezó a jugar con sus propias manos. Tenía las manos lastimadas y los pies también, desbordaban de pus, su flacura era de un transparente poco familiar. Seguimos caminando, ya volviendo a tu casa, y nos encontramos con un niño exactamente igual al otro, solo que éste no tenía remolinos en la cabeza, tenía pecas y la cara era simpática, estaba relleno y bien vestido, nos dijo que estaba perdido. Nosotros ya no sabíamos en donde estábamos, fue una noche de niños, nos dimos vuelta para encontrarnos y estábamos completamente perdidos. De repente aparecieron mas y mas niños, algunos muy flacos , otros más gordos, empezaron a jugar en la calle, se compartían los juguetes, se miraban entre si, era toda una fiesta de niños en once a las 2 de la mañana. Nos levantamos, escuchábamos gritos desde lejos, pensábamos que eran los niños, pero eran simplemente madres. Madres rabiosas, que se mordían los labios y presionaban los ojos, para que no se escapara ninguna lagrima, para no perder de vista ningún movimiento, ninguna mirada, ningún niño.

Noviembre 2012

Mirada ajena


Me gustaría poder querer a alguien que me pueda amar y también amar a alguien que me pueda querer.  Aquellos enamorados que vi  pasar  por la plaza del barrio...ay! qué lindo como se reían. Él sujetaba la cintura delgada de su novia y la llevaba para si, la estrujaba contra su cuerpo como si fuera la última vez que fueran a estar ahí, ellos dos solos, juntos. Las mejillas de ella se sonrojaban pero se estrujaban de alegría las malditas, la voz de el por lo que escuche desde lo lejos se quebraba como si no pudiera controlar algún miembro de su cuerpo.
No puedo comprender lo que sucedió, la muchacha y él ya no estaban, era muy raro, durante días y días los busque y nunca más los volví a ver. No comprendo que ha pasado se amaban tanto, me producía tanta alegría verlos, me excitaba tanto que mis muslos se contraían y mi corazón se enfurecía.  Se enfurecía de rabia, de odio por no poder tocarlos, por no poder estar con ellos, por no tener esas caricias que serian capaces de perfumar mi cuerpo haciéndolo mas bello.
Por  momentos salgo por el barrio esperanzada de volver a verlos, los busco, los busco pero no los encuentro.  Me estoy enloqueciendo, me di cuenta de que no puedo vivir sin ellos, sin su calor juvenil y esa ternura que se reposa en el aire, en el espacio que los habita. El cual me permite vivir día a día, el cual es mi sustento, es el aire que me alimenta, que me nutre, me estoy muriendo, estoy pudriéndome.  Los odio! ¿Por qué me abandonaron? No les hice nada, era tan solo mirarlos... ¿tanto les costaba quedarse? Este es su barrio... ¿A dónde creen que van? Les advierto: no piensen que pueden hacerlo, no pueden escaparse de mí.
Fui a la plaza y los vi, pero algo había cambiado ya no reían, ya no la agarra de la cintura, ella ya no se sonrojaba solo chillaba y él con voz de quebrado como siempre. Él parecía un niño al cual le habían sacado el juguete, y ella no se que parecía tal vez una mujer por como hablaba pero sus ojos la delataban, a mí no podía engañarme.
Mis  dientes y mis labios sangrientos  se arrepentían pero no podían soportar la separación, se me iba la vida, tenía que alimentarme.


Febrero 2011