La calle
Todo sigue en
movimiento, desde adentro de casa, escucho un silbato que debe ser de un
policía, escucho los gritos de los niños jugando en la calle. Una familia
entera, en la calle con sus muebles y cosas desparramadas por la calle en pleno
microcentro. La gente pasa, y los observa, la señora grande, la abuela, los
mira de costado y esconde su mirada, y si puede su rostro, en lo más profundo
de su cartera negra, parece tener vergüenza.
Dicen que los
desalojaron, dicen que eran ocupas, dicen que vendían droga, dicen muchas
cosas. Los minutos pasan y ya no se escuchan gritos de niños jugando, si no
gritos de llanto, la situación parece haber llegado a su límite. Me da miedo asomarme
de nuevo a la ventana y encontrarme de nuevo con una escena de desalojados, de
muebles que no están ahí para venderse, si no para ser transportados a algún
otro lugar, sea una casa otra, o la calle.
La calle, tan
silenciosa de noche, tan oscura, tan peligrosa, gente que duerme, que tiene sus
hijos, que se pelea, que llora, que vive en la calle, con muebles, con un solo
un colchón, tal vez una televisión. Historias de calle, tragedias de calle,
alegrías de calle, la calle sucia.
Las noches en la calle,
durmiendo con una manta o sin nada, caminando de un lado hacia el otro,
esperando algo, varios cigarrillos de compañía, muchas tantas otras veces otras
cosas de compañía. Cosas que relajan pero destruyen, cosas que quitan el dolor
del hambre pero matan, cosas que dan calor aunque haga frío, cosas que permiten
soportar la calle.
La calle, tan poblada,
tan silenciosa, tan maldita, tan sucia, tan peligrosa, terriblemente solitaria,
la calle.
Diciembre 2012
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