domingo, 13 de enero de 2013


La calle

Todo sigue en movimiento, desde adentro de casa, escucho un silbato que debe ser de un policía, escucho los gritos de los niños jugando en la calle. Una familia entera, en la calle con sus muebles y cosas desparramadas por la calle en pleno microcentro. La gente pasa, y los observa, la señora grande, la abuela, los mira de costado y esconde su mirada, y si puede su rostro, en lo más profundo de su cartera negra, parece tener vergüenza.
Dicen que los desalojaron, dicen que eran ocupas, dicen que vendían droga, dicen muchas cosas. Los minutos pasan y ya no se escuchan gritos de niños jugando, si no gritos de llanto, la situación parece haber llegado a su límite. Me da miedo asomarme de nuevo a la ventana y encontrarme de nuevo con una escena de desalojados, de muebles que no están ahí para venderse, si no para ser transportados a algún otro lugar, sea una casa otra, o la calle.
La calle, tan silenciosa de noche, tan oscura, tan peligrosa, gente que duerme, que tiene sus hijos, que se pelea, que llora, que vive en la calle, con muebles, con un solo un colchón, tal vez una televisión. Historias de calle, tragedias de calle, alegrías de calle, la calle sucia.
Las noches en la calle, durmiendo con una manta o sin nada, caminando de un lado hacia el otro, esperando algo, varios cigarrillos de compañía, muchas tantas otras veces otras cosas de compañía. Cosas que relajan pero destruyen, cosas que quitan el dolor del hambre pero matan, cosas que dan calor aunque haga frío, cosas que permiten soportar la calle.
La calle, tan poblada, tan silenciosa, tan maldita, tan sucia, tan peligrosa, terriblemente solitaria, la calle.

Diciembre 2012

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