miércoles, 4 de septiembre de 2013


Días de escuela


Hoy fue un día bastante largo, estuve casi todo el día en el colegio con mis amigas. Jugamos a la mancha en los recreos cortos y en los largos a saltar el elástico y la soga, competimos a ver quien aguanta más saltando y Humberto que es el feo de la clase se queda todos los recreos con nosotras. Humberto es pelirrojo, tiene unas pecas divinas aunque me den un poco de asco, tiene bastante panza y no le gusta comer pescado, con las chicas nos burlamos porque siempre se le ve la raya del culo, esta todo el día levantándose los pantalones pero no hay caso. Las maestras lo quieren porque realmente es un chico simpático, todo el día jugando con nenas, al principio los chicos lo burlaban, después no se qué paso…lo aceptaron. El pecoso es medio bruto y Justina muchas veces lo burla por ser tonto, la semana pasada preguntó siete veces que era un adjetivo hasta que la maestra le contesto enojada: Humbertito, hace tres semanas que estoy explicando adjetivos, ¿cómo se te ocurre preguntarme ahora que ya término el tema? Humberto se fue con la cabeza gacha y con mucha vergüenza, mientras Justina se reía al lado; la misma tarde antes de irnos, ya todos con las mochilas, de lo más excitados, la misma maestra: Humbertito, ¿por qué no le decís a mami que te saque los piojos, de acá te veo uno gordo y muy gigante? Humberto lagrimeó un poco y como buen hombre siguió adelante. Ese día pensé: pobre Humberto, ¿cómo va a hacer para que una chica guste de él? En el baño a veces juegan a quien pisa la baldosa se casa con Humberto, una vez recuerdo llevaron a una de los pelos a la baldosa, después de un tiempo le pidieron perdón, y quedaron en que eran cosas del pasado y de niños.


Cuestión que hoy, más allá de todas estas cosas que pasan en el colegio y que algunas son divertidas, llegue a casa re cansada y me puse a jugar un rato con las barbies, pero cuando me levanté para ir a buscar un chocolate escuche que ellas se reían de mí, me dije que no podía ser cierto, entonces las miré pero se callaron. Cada vez que me daba vuelta se callaban, a mí eso me daba mucha bronca. Tenía tanta bronca que de mi cabeza salía humo que hacía que me intoxicara con mi propia respiración, mis manos cada vez más sudorosas, se resbalaban cuando intentaban agarrarme de algún lado, sólo veía manchas, muchas manchas de colores, algunas eran más grandes que otras, me encandilaban lo suficiente como para ser víctima de una ceguera indomesticable. No podía ver los grandes y altos edificios enormes que veía siempre desde la ventana de mi cuarto. Me balanceaba de un lugar a otro, sin saber muy bien en donde estaba, este lugar era muy chiquito, apretaba bastante, tenía cuadros familiares colgando por todos lados. Tantos que unos estaban encima de otros, había muchos discos de distinta música antigua, ropa extraña para vestirse tirada por todos lados, tres nenas o mujeres de plástico, una cocinita, algunos bebes de mentira tirados por ahí, no sabía en donde ponerme. Estaba apoyada sobre una pared de plástico pegada a los cuadros familiares y mi garganta comenzó a cerrarse, ni la saliva pasaba, la maldita se estaba alimentando de los infames susurros que salían de esos cuadros tan charlatanes. No les entendía nada, eran solo algunas pocas palabras que escuchaba pero no podía comprender en qué idioma hablaban.



Igual para mí estaba sola y por suerte, no se escuchaban ni risas, ni llantos, a veces cuando aquellos susurros me tomaban por completo me mojaba un poco pero no tenía problema porque yo era lo único que estaba vivo en ese mundo tan pequeño de casas inexistentes y edificios vacíos. Por suerte, mis barbies me acompañaban: se seguían riendo de mí en el camino, aunque sólo si yo estaba de espaldas, asique trataba evitar lo más posible esa posición.


En una esquina, entre una pila de cuadros y las mujeres de plástico pude ver a un niño duende hecho cadáver. Este duende era feo, y le faltaba bastante ropa, por su aspecto parecía hambriento, se le caía baba de la boca y nunca se daba, a mi me daba un poco de asco. Pensé que sería bueno ofrecerle mi último caramelo, asique tendí la mano y de un momento a otro el ya lo tenía en su boca. Sus manos estaban muy sucias y sus ojos eran muy transparentes de un color que yo no había visto nunca y no tiene ni nombre. Me miró fijamente con mucha concentración por dos segundos y me invitó a pasear, yo le pregunte si eso era posible. El duende se acercó y me respondió en voz muy baja: detrás de esos cuadros familiares dicen que hay otro mundo. Éstos chillan mucho al moverlos e inclusive algunos explotan con sus propios chillidos. Después de un rato te agarran y te llevan a otro lado, un poco más simpático que este. El duende volvió a resaltar con los ojos muy abiertos: estos cuadros chillan tanto que a veces es imposible soportarlo. Empezamos a mover los cuadros con el duende y me llamo la atención uno, en el cual había una mujer con la boca muy grande y abierta, se podían ver sus colmillos y sus lágrimas caer bordeando su boca. Me acerque al cuadro y empecé a mirarlo muy de cerca, extrañamente las lagrimas de la mujer me mojaron un poco e inmediatamente recordé el llanto de la niña contra la baldosa. El duende disconforme con mi ayuda, me tomo del brazo bruscamente y me dio un empujón, me lastimé un poco con otro cuadro que estaba cerca pero continúe moviéndolos. Algunas familias lloraban, otras gritaban de rabia, otras de alegría, era una masa gigante sonora de alaridos cien mil veces peor que la risa de mis barbies, cada vez se hacía más insoportable pero ya nos acercábamos. El cuadro de la mujer de boca abierta empezó a chillar tanto que mis ojos se contraían y mis manos se apoyaban sobre mis orejas, el duende estaba igual empezó a acercarse, a bordear nuestros cuerpos con su gran boca y de repente hizo lo que estaba esperando desde el momento que la vi. La mujer cerró su boca apretando sus labios y de un bocado ya estábamos en su lengua pegajosa, su saliva se pegaba en nuestros pequeños cuerpos como chicle rancio de hace un par de años. Sus dientes filosos estaban muy cerca y se chocaban entre si era muy complicado esquivarlos, casi no nos podíamos mover, la saliva nos atrapo en el centro de la boca. El duende empezó a escupir, un líquido negro que salía de su boca y por momentos de sus ojos también. Lentamente este líquido quemaba la lengua de la mujer, por lo cual aprovechamos para escapar. Así comenzamos a corre sobre la lengua, escapando de su dientes enojados de ardor, corrimos cada vez más rápido hasta que llegamos al fondo y caímos. Estaba muy oscuro, temblaba y el duende mi miraba de manera burlona, y sus ojos se clavaban sobre mí como los ojos de un asesino. Comenzamos a caminar, había muchos caminos, algunos parecían conducir al mismo lugar siempre y otros parecían terminar en el infinito. Había cosas extrañas: una niña repleta de llagas en la cara, un señor que se comía tanto las uñas hasta arrancarse los dedos, una abuela que nos hablaba y nos ofrecía sangre podrida, un caballero con manos y pies gigantes que ofrecía cuidarnos, una señora que solo gritaba, un bebe llorando y algunas ratas que se entremezclaban en ese paisaje tan amado por el duende. El señor se nos acercó, ya casi no tenía dedos, y le dijo al duende: ¿en algún momento voy a parar de comerme los dedos?, el duende ni lo miró y siguió adelante.



De repente miré mis manos y me di cuenta de que ya no tenía mis barbies, le pregunto al duende, si conoce lo suficiente este mundo como para encontrarlas. Me dice que si pero que es peligroso, me agarra el pelo y lo huele, dice gustarle, lo acaricia un rato y luego me dice: hay algunos que me buscan hace tiempo, tu olor los aleja y tu pelo los atrae como a mí. Pero no te preocupes vamos a viajar y en el camino te devolveré tus barbies, yo no me puedo perder a menos que me encuentren. Mientras escuchaba al duende, decir tantas palabras, no lograba comprender ninguna de ellas, escuchaba unos gritos que venían de lo lejos y al lado nuestro había un sonajero que sonaba por su cuenta. El duende me dijo que estuviera atenta del camino en el caso de que las bestias se asomaran. Tuve miedo, pero fuimos recorriendo el lugar, y nos encontramos con flores que saltaban solas y brujas que contaban chistes sin repetir nunca el mismo, también con niñas a medio vivir, estas nunca lloran, ni tienen vergüenza, siempre pero siempre tienen la sonrisa dibujada. Había una con la mama que decía: acordate de hacer la tarea, acordate de jugar, acordate de hablarme, acordate de reír, acordate de quererme y eso no te lo vayas a olvidar.


Nos alejamos de la niña y su madre, ésta tenía una lista eterna de acordates, no entiendo como sonreía la niña, tal vez tiene que saltar mucho por eso. El duende me zamarrea y me dice: basta concentrate, no importa la niña que salta, no querés tus barbies? Lo miro con mi cara comprimida, parecida a una pasa de uva, y él me responde del mismo modo, lo tomo casi como una burla pero seguí igual.

De repente el duende empezó a caminar cada vez más rápido, me costaba mucho seguirlo, sus pasos eran gigantes, ya no podía mirar el camino, ni nada de lo que me rodeaba. El duende me decía que ya estábamos cerca y que pronto lo iban a encontrar, me arranco un pedazo de la remera y se la puso en la boca, luego tomo mi cabeza entre sus manos y de una mordida me arranco todo el pelo, lo tiró por ahí y continúo arrastrándome. Ya llegábamos y podía ver desde allí la pequeña habitación con los cuadros familiares y mis barbies que estaban a carcajadas con un duende. Lo miré al duende, me tomo con sus garras, me respiró cerca de la boca, me olfateo un poco, miré hacia la pequeña habitación y comencé a chillar cada vez más fuerte, hasta que la mujer de lágrimas me escupió y caí toda despatarrada en la pequeña habitación, había otro duende que hablaba ahí con las muñecas de plástico, yo estaba aterrorizada, quería volver a casa . El duende quedo atrapado en el cuadro, no sabía chillar, intentaba escapar pero no podía, su chillido era muy débil, me vigilaba y su boca parecía de a ratos enviar ciertos mensajes ocultos, al menos para mí que no podía descifrarlos. Pero realmente no comprendía: él conocía ese mundo, lo conocía perfectamente y además él había querido irse de paseo.


Estaba a salvo aunque sin mis barbies hasta que vi una mancha roja que se acercaba cada vez más, no supe que hacer asique se me ocurrió: si no respiro voy a volver con mis barbies, lejos de la mancha roja, con pecas, la baldosa fría del baño, las mujeres de plástico y el duende maldito que aun me vigila sin rodeos. Me aguante la respiración por un tiempo largo, abrí los ojos y estaba sentada al lado de la mesa de la cocina. Una de mis manos llevaba un chocolate, a lo lejos vi mi propia obra: un duende a carcajadas.









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